Las llamadas “zonas azules” siguen suscitando verdadera fascinación. Así es como se llama
a esos lugares del mundo en los que se concentra un mayor número de personas centenarias. Desde hace muchos años los científicos -y también los ciudadanos de a pie- se
mueren por entender los secretos de esta longevidad.

El último estudio realizado al respecto es sobre unos habitantes de unas montañas de Colombia. Lo que se descubrió es más bien sorprendente: consumo diario de cereales completos, legumbres (lentejas, garbanzos), productos lácteos (principalmente a base de leche de oveja), patatas, sopa de verduras (la famosa minestrone), frutos secos ocasionalmente cerdo y pescado, huevos,algunas frutas (sólo de 1 a 2 piezas al día)... y todo ello acompañado de uno a dos vasos de vino al día, aceite de oliva y un poco de miel.

En definitiva, nada nuevo. Ésta sería la descripción de una dieta mediterránea clásica que, si bien globalmente es excelente, lo cierto es que no va asociada a una longevidad tan elevada en otros lugares del mundo.
En realidad, este estudio revela, sobre todo, una enorme diferencia entre estos sardos de las montañas y los que viven en la ciudad o en el campo, sin que hasta ahora nadie haya podido explicar por qué.

Examinan la composición corporal de los sardos de las montañas, comparándola con la de aquéllos que viven en las ciudades o en el campo, y la conclusión es que un 95% de los hombres sardos de las montañas presenta un índice de masa muscular elevado muy elevado, por contraposición al 69% de los sardos que viven en el campo. En el caso de las mujeres la diferencia es aún mayor, ya que el 61% de las mujeres sardas de las montañas presentan una masa muscular alta, respecto de sólo el 32% de las que viven en el campo.
Desde hace unos diez años, y gracias a decenas de estudios científicos que han realizado el seguimiento de centenares de miles de personas, se sabe que las personas que más practican determinados deportes, que desarrollan su masa muscular, presentan un riesgo considerablemente menor de muerte prematura.
En concreto, la disminución del riesgo alcanza el 43% en el caso de las enfermedades cardiovasculares, el 40% en el caso del cáncer y el 70 % en el caso de la diabetes.
Tales beneficios para la salud son sencillamente inalcanzables sólo con un cambio de alimentación. Y, quizás por este motivo, es un tema del que no se habla a menudo en las noticias: siempre es más fácil dar lecciones sobre una alimentación óptima que ofrecer consejos sobre actividad física cuando nosotros mismos somos personas sedentarias, tenemos tripa o nos pasamos el día frente a la pantalla.

Los músculos necesitan algo de azúcar (glucosa) para funcionar, pero no van a esperar
a que coma algo para activarse: en su lugar, recurrirán a sus reservas de azúcar (el glucógeno de los músculos y del hígado), y luego completarán la energía que les falta haciendo uso de las grasas corporales. Luego, en la comida siguiente, el aporte de glúcidos
permitirá reponer las reservas de azúcar, para que vuelvan a estar disponibles cuando sea necesario.
Este proceso es idéntico en todas aquellas situaciones en las que nuestro organismo
necesita energía, sencillamente porque no nos pasamos la vida comiendo.

De hecho, una pérdida de masa muscular de sólo un 10% es capaz de debilitar significativamente el sistema inmunitario, que acaba siendo menos reactivo y menos resistente al tener que enfrentarse a este nuevo enemigo.
Otra consecuencia: una pérdida excesiva de masa muscular empuja al organismo a un estado de inflamación crónica, incapaz de disponer de la energía necesaria para hacer frente a
las agresiones normales de la vida cotidiana.
De ahí que el ayuno terapéutico sea una práctica desaconsejada para las personas demasiado delgadas, ya que puede volverse rápidamente en contra de quien lo practica.
En caso de cáncer, es exactamente igual: cuando el sistema inmunitario reconoce las células cancerosas como anómalas, pone todos sus recursos al servicio de destruirlas. ¡Y si es lo suficientemente fuerte, lo consigue! Y por eso los hombres con mayor índice de masa muscular son menos propensos a sufrir esta enfermedad y a morir de ella. Y, en los casos de cáncer avanzado, la demanda de moléculas inmunitarias puede ser tan sumamente elevada como para provocar una pérdida de masa muscular. Para entender bien qué significa esto, basta con saber que, a partir de una pérdida del 30 % de la masa muscular, el riesgo de muerte es casi del 100%.
Así, en caso de cáncer, la abundancia de músculo da a los tratamientos mayores probabilidades de destruir las células cancerosas... ¡antes de que el cáncer nos mate a nosotros!

Está claro: hacer deporte es bueno para la salud, pero tener músculos también lo es en la misma medida, si no más. De hecho, en las investigaciones destinadas a identificar la relación entre el deporte y el cáncer, los investigadores han observado que practicar un deporte (el que sea) disminuye considerablemente el cáncer y aumenta las probabilidades de curarlo. Pero también han observado que, entre todos los deportistas, aquéllos con mayor índice de masa muscular presentan también los índices de riesgo más bajos, y esto con independencia de sus capacidades cardiovasculares.

Dicho de otro modo, un hombre bien musculado pero con bajo rendimiento a la hora de correr tendría mayores ventajas en términos de salud que otro que practica maratón, con capacidades cardiovasculares elevadas e índice de masa muscular bajo.
¿Habría que deducir entonces que todos deberíamos ponernos cachas? ¿Deberíamos muscularnos como los culturistas que se exhiben en los gimnasios, con cuello de toro y brazos como muslos? La mayoría de nosotros no queremos estar tan musculados. Nadie se atreve a decirlo, pero la realidad, de hecho, es que un 99% de los deportistas de alto nivel y a los que vemos tremendamente musculados por la tele (corredores, culturistas,
etc.) han recurrido a productos dopantes; en concreto, a productos derivados de la testosterona. Esta hormona, en dosis elevadas, permite aumentar los músculos en menos
tiempo, pero debilitando las arterias al mismo ritmo. En un estudio estadounidense llevado a cabo en 1996, se administró a los voluntarios participantes inyecciones de testosterona en dosis 10 veces superiores a las que el organismo produce de forma natural (y que son las dosis generalmente utilizadas en el mundo deportivo).
El resultado: después de 10 semanas, los participantes habían ganado más  de 3 kilos de masa muscular, sin realizar la más mínima actividad física.

En el grupo asignado a practicar la musculación sin recurrir al uso de hormonas, la ganancia de peso fue mucho menor -de alrededor de 1 kilo- y eso después de mucho esfuerzo y sudor.
A partir de los 35 años, la ganancia de masa muscular y de fuerza física se ralentiza considerablemente, incluso con un entrenamiento intensivo. El temor a estar excesivamente musculadas afecta especialmente a las mujeres, que sin embargo tienen tasas de testosterona diez veces más bajas que los hombres, y en las que la ganancia de fuerza
y de masa muscular es aún más lenta.